Fernando Nader Cossutta

Fernando Nader Cossutta
Náufrago del Crucero General Belgrano

 

“Habíamos navegado 4 o 5 horas fuera de la línea de exclusión. Allí, en ese momento aproximadamente a las cuatro de la tarde, sentí el impacto del torpedo.

El torpedo cayó en la sala de máquinas y por lógica se cortó la luz del barco y se pararon las maquinarias. Inmediatamente hubo un segundo impacto en la proa del barco.

Nuestra primera consigna era intentar apagar los incendios que se producían. Todos hicimos lo posible por tratar de mantener el barco a flote, pero luego de media hora y al ver que no había solución, nos ordenaron abandonar el buque.

Ante una situación así uno piensa en salvar su vida, piensa en sus padres, piensa en sus seres queridos, piensa en todo lo que puede llegar a pasar en ese momento y como tratar de sobrevivir. Lo único que a uno lo mantiene vivo es la lucha por sobrevivir.

A mi me tocó desembarcar en una balsa que tenía asignada y no pude hacerlo, ya que esa balsa estaba pinchada. Frente a esta situación tiramos al agua otra balsa que se encontraba en la cubierta del buque y subimos aproximadamente 22. En ese momento pensé en Dios y le pedí que me salvara.

Luego hicimos un “Hurra por la Patria” y por “toda la tripulación”. Estábamos en la balsa y tratábamos de alejarnos lo más rápido posible de la succión del barco, ya que si nos arrastraba nos hundiríamos con él.

Aproximadamente a las cinco de la tarde, el barco se hundió dando una vuelta campana y se escucharon las explosiones de las calderas por la diferencia de temperatura con respecto al agua.

Sabíamos que aún había gente herida o aprisionada dentro del barco, en compartimientos imposibles de abrir o a los que no se podía llegar por el fuego.

Intentamos unir las balsas entre sí a través de un cabo -soga- con la finalidad de estar juntos para el momento del rescate. Con las grandes olas la soga que nos unía, golpeaba la balsa, corríamos el riesgo de romper el techo. Debido a eso tuvimos que cortar el cabo y cada balsa empezó a derivar hacia distintos lados.

Con el paso de las horas en las balsas surgieron algunos problemas de convivencia. Era un momento angustioso, los que estábamos en la balsa reaccionábamos con crisis de nervios, quejidos por dolores, quemaduras o golpes.

Y después todo era silencio, cada uno pensando en silencio.

Yo tenía problemas en la columna por el frío, sentía fuertes dolores y pedí a un compañero que me diera masajes. Luego de 36 hs. en la balsa, nos rescató un buque de la marina de guerra.

Cuando subí al barco sentía la mitad de las piernas congeladas. Dolor al punto del desmayo. Son las cosas que pasé, cosas muy tristes, muy duras.

Pensar en mis seres queridos, en volver al continente, en ver a mis padres y hermanos, me alimentó y me dio fuerzas. Luego, nos llevaron a Ushuaia y de allí a Puerto Belgrano.

Yo arriesgué mi vida por la Patria y fui a luchar, pienso que la Patria no me ha recibido a mí de la misma manera. Al regresar con vida pensé que me darían el lugar que me corresponde y que recibiría atención médica.

El gobierno debe ofrecernos mínimamente un tratamiento psicológico o psiquiátrico. Yo siento que necesito un centro de rehabilitación adecuado y no tengo para pagarlo.

Por todo esto estoy muy dolido y me siento muy frustrado…perdí la confianza, no tengo paz interior.

Hay otros que lo pasaron peor que yo y tienen problemas más graves, pero uno trata de continuar la vida de la forma que puede. Disfruto de haber podido regresar vivo, reencontrarme con mi familia y mis seres queridos. La alegría que tengo es la de haber podido regresar con vida.”

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